sábado, 21 de marzo de 2009

Cárcel De Hormigón Sin Flores

Llueve. Mientras estoy aquí encerrada entre estas cuatro paredes
me pregunto que pasaba por la mente de la persona a la que se le
ocurrió construirlas, me pregunto por que incoherente motivo
prefirió mantenerse encerrado, construir una pequeña cárcel privada,
sin poder tocar la lluvia.
Salgo hacia afuera, la observo, la toco, la siento, es lo único real,
lo demás que me rodea simplemente es invisible, no existe,
nunca ha sido real.
Gotas gruesas y cálidas se estrellan deliberadamente sobre mi piel,
y de la calle se desprende un aroma a tierra mojada, es como respirar
el perfume de la vida, tan embriagador como una droga.
Observo como la lluvia cae con fuerza sobre el asfalto,
como si intentara destruirlo, traspasarlo, para llegar a la tierra,
humedecerla y hacerla renacer.
En ese preciso instante el cielo reventó sobre mi cabeza,
temí quedarme ciega, pero con una ceguera especial,
la ceguera del que ve demasiado.
Porque, cuando los rayos se encendieron, la calle se puso lívida,
como las calles de los malos sueños, y el cielo
perdió su disfraz y revelo su auténtica sustancia.
Las tormentas limpian el aire, y la lluvia de tormenta
limpia las malas memorias...
Pero cuando la tormenta se detiene, todos los viajes
terminan convirtiéndose antes o después en una pesadilla.
Nuevamente la realidad, golpeándome la cara, obligándome a despertar.
Nuevamente el orden, la desidia, el miedo, el silencio, la frustración
los mismos rostros sin caras, las misma calles que no dicen nada,
las mismas frías y vacías miradas.
Nuevamente siento que me estoy ahogando, que no hay nada,
no hay rincones, no hay a donde escapar.
Entre bloques de cemento, odio y hiel, nuevamente encerrada,
observaba una flor que acababa de nacer,
mientras que otras miles mueren
porque en este infierno gris, no se les permite ser...

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